viernes, 27 de agosto de 2010
jueves, 19 de agosto de 2010
Cuento - Rédolon, la historia de un dragón
Hace algunos años Dragones del Sur organizó un concurso de cuentos entre sus miembros. Me puse entonces manos a la obra y vio la luz este breve cuento que hoy quiero compartir con ustedes.
El sol, se elevaba a lo lejos en el horizonte y los primeros rayos de luz bañaban las inmensas laderas de las montañas Serenas. Abruptas y agrestes la enorme cadena dominaba la oscura tierra de Rándor en los confines del mundo conocido. En medio de ellas, una inmensa caverna dejaba ver su oscura y tenebrosa entrada, dentro, en lo profundo, moraba Rédolon, Señor de Rándor y Amo del cielo y de la tierra.
Habría que remontarse al comienzo de los tiempos para comprender que Rédolon y Rándor eran una misma cosa, ambos se formaron en las entrañas de lo profundo y salieron a la luz como en un parto inconmensurable. Ellos hicieron la historia, en esta parte del mundo y compartieron la sangre derramada en un sinnúmero de eventos violentos y trágicos.
Hoy, Rédolon yacía sobre el blanco polvo de un sinnúmero de huesos aplastados, dormitando; pero con sueño inquieto, el cuerpo le temblaba a menudo con espasmos violentos. Rédolon era un dragón; pero no cualquier dragón, Rédolon era un viejo dragón cansado y abatido por el paso del tiempo, cruel e implacable enemigo de todo ser vivo.
Era solo un viejo dragón cuyas escamas antes brillantes, lucían hoy descoloridas. Era un viejo dragón cuyas alas antes majestuosas, hoy a duras penas se desplegaban.
Era un viejo dragón, cuyos ojos, antes peligrosos y mortales, hoy apenas se abrían, velados por gruesas costras y caídos párpados.
Rédolon mortal y esplendoroso, era hoy tan solo una bestia envejecida y llena de recuerdos, rodeado de incontable riquezas acumuladas a lo largo de toda una vida de aventura.
Un rayo de luz proveniente del sol, se coló dentro de la cueva y tocó delicadamente la dura piel, el punto luminoso avanzó lentamente hasta alcanzar uno de sus ojos. El párpado se llenó de luz y Rédolon despertó.
A lo lejos, a muchas millas de allí, un campamento se levantaba tras el paso de la noche, muchos hombres, todo un ejercito se aprestaba a terminar para siempre con la amenaza relampagueante. En sus mentes solo cabía un objetivo, y en sus manos las armas con las cuales vencerían al mortal enemigo ancestral.
Venían de lejos, llevando a cuestas las victorias logradas. Muchos pueblos fueron conquistados ante su paso, algunos asimilados, otros arrasados, pero todos eran concientes que un nuevo reino crecía y se hacía fuerte y habia que someterse o morir.
Solo Rándor quedaba, y era como una herida expuesta en un flanco, Rándor tierra árida y desértica pero estratégicamente ubicada, su paso podría llevar caravanas, comercio y riqueza para el reino. Rédolon tenia que morir.
La enorme cabeza se levanto y su cuerpo azulado se dirigió con lentitud a la entrada de la cueva, la luz del sol hirió sus ojos y esperó, su cuerpo absorbió el tibio calor del sol y sus huesos lo agradecieron, desplegó sus alas y voló. Su cuerpo se mecía en el aire tomando cada vez mas altura. Disfrutaba del placer de volar, de sentir el viento en el cuerpo, de elevarse hasta el reino de las cirrocúmulos, para ver en toda su extensión su vasto territorio.
No tenia hambre, porque habia dado cuenta de toda una caravana algunos días atrás, y todavía podía sentir el mal sabor en la boca que le dejaban los humanos. De pronto, a pesar de su mala visión, diviso a lo lejos una mancha oscura sobre la tierra. - Intrusos en mis dominios – Se dijo.
Por un instante pensó en ignorarlos, y continuar su apacible vuelo, pero su sed de sangre lo dominó y desplegando raudo las alas hacia el horizonte, fue en busca de su destino.
Estaban preparados, y en su ánimo solo existía el deseo de vengar los largos años de opresión. La trampa con la carnada estaba dispuesta, muchos morirían, pero al final el enemigo seria destruido y por ende ...... la gloria..
Rédolon cayó en picado sobre los intrusos, rociándolos con su arma de aliento, mientras pasaba sobre ellos. Vio el temor reflejado en los rostros, vio seres consumidos por la línea relampagueante que salía de sus fauces abiertas, y a otros caer sin poder volver a levantarse, fue su propio testigo de este nuevo momento de gloria, una página más en su larga lista de victorias.
Descendió suavemente hasta posarse sobre la quemante arena y contempló extasiado su poder. No vio las cadenas que sujetaban los tobillos de la carnada humana, no vio la trampa.
La tierra tembló, un grito de guerra se dejo escuchar y como hormigas un ejercito apareció de la nada. Tres gigantescas ballestas asomaron sus puntas fatídicas y fueron disparadas al mismo tiempo. Los proyectiles impactaron y penetraron la dura piel del dragón. Rédolon rugió ante el sorpresivo ataque y el dolor causado por las heridas, desplegó las alas e intento volar pero no pudo, estaba sujeto al suelo por gruesas cadenas. Una lluvia de flechas y virotes ensombreció por un instante el cielo para caer sobre el cuerpo del odiado y mortal enemigo, los arqueros a la distancia, cargaban y disparaban con asombrosa rapidez mientras que Rédolon trataba infructuosamente de zafarse del férreo abrazo de la muerte. Su arma de aliento barrió entonces con furia demencial la negra arena, muchos cayeron, una cadena salto de su base, las otras dos resistían, luego...... llegó la magia.
Tres sombras aparecieron de la nada, una de las formas vestía un habito oscuro y con la cabeza envuelta en una capucha que impedía verle el rostro, las otras figuras caminaban detrás con el rostro descubierto, formando entre ellos un triángulo mortal. El aire se enrareció cuando los tres seres elevaron lentamente sus manos. Cuatro esferas grandes y otras ocho pequeñas surgieron de la mano del mago encapuchado, las esferas salieron disparadas avanzando en línea recta sobre Rédolon y dejando tras de sí un rastro de chispas ardientes. Detrás, los otros dos magos menores apuntaron con sus dedos, surgiendo sendas bolas de fuego de ellos. Todas dirigidas sobre el viejo dragón cuyos reflejos ya no eran los de antes.
Las explosiones sacudieron la tierra y esta tembló como desgarrándose. Rédolon recibió los impactos al unísono y el rugido que salió desde la profundidad de sus células rompió las ataduras y en un esfuerzo supremo su cuerpo se elevó hacia los cielos, mortalmente herido, desfalleciente, mientras en la tierra un grito de victoria se dejaba escuchar.
Las heridas sangraban profusamente y el dolor que ellas provocaban era terrible, pero tenia que llegar a su cueva, a su refugio, a su hogar. Que lejos quedaban sus montañas, que lejos quedaban las jornadas de victoria, que lejos quedaba todo ahora.
Rédolon entró en su cueva casi desfalleciente, dejando un rastro de negra sangre a cada paso.
Su fin estaba cerca, sabía que lo seguirían y encontrarían el enorme tesoro acumulado con el correr de los siglos, no podía permitirlo. Se alzó con un enorme esfuerzo, recobrando por un instante la majestuosidad perdida, abrió sus alas y cantó, y su canto fue como un lamento desgarrador, o no fue un canto y solo fue un grito salvaje que provocó que las paredes de piedra de la cueva cedieran y la montaña engullera a su pequeño hijo.
Nunca pudieron encontrar los restos de Rédolon ni su tesoro.
El camino al Oeste fue abierto y con ello mas conquistas. Luego la paz, el comercio y la prosperidad, y con el tiempo la decadencia.
Pero aún hoy por aquellos parajes, cuando las caravanas acampan a esperar la luz del día, dicen que se escucha mezclada con el viento el canto final de Rédolon, el majestuoso dragon azul.
Imagen extraida de http://www.frikipedia.es/images/b/bb/Dragon.jpg
lunes, 16 de agosto de 2010
domingo, 15 de agosto de 2010
Los Cuatro Dragones
Hace muchos, muchos años, no había ríos ni lagos sobre la Tierra, solo el Mar del Este, donde vivían cuatro dragones: el Dragón Largo, el Dragón Amarillo, el Dragón Negro y el Dragón Perla.
Un día, los Cuatro Dragones salieron a la superficie del mar y decidieron ir a darse una vuelta por el cielo. Allí jugaron al escondite entre las nubes esponjosas, volaron y planearon, saltaron y rieron.
De repente, el Dragón Perla gritó: -¡Venid aquí, rápido!
-¿Qué ocurre? – preguntaron los otros tres, mirando hacia dónde señalaba el Dragón Perla. Sobre la tierra, vieron a mucha gente sacando frutas y tartas y quemando varitas de incienso. ¡Estaban rezando! Una mujer joven, arrodillada en el suelo con un niño delgado sobre la espalda, imploraba:
- Por favor, Dios del Cielo, envíanos lluvia rápido o no tendremos nada para comer….
No había llovido desde hacía mucho tiempo. Los cultivos se marchitaban, la hierba se volvía de color amarillo y los campos se secaban bajo el sol abrasador.
- ¡Pobre gente! ¡Qué pena me dan!- dijo muy triste el Dragón Amarillo.
- Si no llueve pronto, no tendrán nada para comer y morirán…- dijo el Dragón Negro.
Los Cuatro Dragones se quedaron muy pensativos buscando alguna solución para ayudar a la gente de la Tierra.
- ¿Y si fuéramos a ver al Emperador Jade y le pidiéramos que enviara lluvia a la Tierra? - propuso el Dragón Perla.
- ¡Muy buena idea! – contestó el Dragón Amarillo.
- ¡Sí! ¡Seguro que él podrá ayudar a esa pobre gente! – contestó el Dragón Negro.
Así que los cuatro Dragones se dispusieron a visitar al poderoso Emperador Jade, que vivía en el Palacio Celestial.
El Emperador Jade era muy poderoso, ya que se encargaba de los asuntos del Cielo, de la Tierra y del Mar. Los cuatro Dragones entraron corriendo en el Palacio Celestial. El problema que les traía era realmente urgente, pero al Emperador no le gustaron aquellas prisas, ya que estaba en un concierto de hadas.
- Qué estáis haciendo aquí, vosotros? – les preguntó enfadado. – ¿No deberíais estar en vuestro Mar?
El Dragón Largo se acercó al Emperador y le dijo: - Majestad, hemos venido a pedirle que envíe un poco de lluvia a la Tierra. Los cultivos en la Tierra se están secando por falta de lluvia y pronto las gentes no tendrán nada para comer.
- Está bien- dijo el Emperador Jade.- Iros tranquilos. Mañana enviaré la lluvia.- Y siguió escuchando tranquilamente las canciones de las hadas.
- ¡Muchas gracias Majestad! – contestaron felizmente los Cuatro Dragones.
Pero pasaron diez días y todavía no había caído una gota de agua sobre la Tierra. La gente pasaba hambre. Comían cortezas de árbol o raíces de plantas y cuando esto se acabó, comieron incluso arcilla.
Viendo esto, los Cuatro Dragones se sintieron muy mal y se dieron cuenta que el Emperador Jade sólo se preocupaba de pasárselo bien, sin tomar en serio los problemas de la gente. Sólo podían confiar en ellos mismos para ayudar a la gente de la Tierra. Pero, ¿cómo iban a hacerlo?
Mirando hacia el mar, el Dragón Negro dijo que había tenido una gran idea.
- ¿Qué es? Venga, rápido, ¡cuéntanoslo! – gritaron los otros tres Dragones.
- Mirad, ¿no veis que hay muchísima agua en el mar en el que vivimos? ¡Podríamos llenar nuestras bocas de agua y luego rociarla sobre la Tierra! ¡Sería como la lluvia!- explicó el Dragón Negro.
- Es una idea fantástica – dijo el Dragón Amarillo.
- Los campos se regarán y la gente podrá recoger las cosechas y no morirá de hambre! ¡Vamos chicos, no hay tiempo que perder!
- Esperad un momento- dijo el Dragón Perla muy pensativo.
- ¿Qué ocurre ahora? ¿No ves que tenemos prisa? – contestó el Dragón Largo. – ¡La gente de la Tierra está esperando la lluvia!
- ¿No habéis pensado que el Emperador Jade nos castigará si se da cuenta?
- A mi no me importa- contestó el Dragón Largo con determinación. –Haría lo que fuera para ayudar a esa gente.
- ¡Pues a mi tampoco me importa! – contestó el Dragón Perla.
El Dragón Amarillo y el Negro se miraron y dijeron a la vez: - ¡A nosotros tampoco!
- Entonces, ¡manos a la obra! ¡Pase lo que pase, nunca nos arrepentiremos de esto!- exclamó el Dragón Negro.
Así que volaron hacia el mar. Abrieron bien sus bocas y las llenaron de agua. Volvieron a alzar el vuelo y revolotearon por el cielo, produciendo viento. Sus alas taparon el sol y la gente miró al cielo creyendo que de verdad se avecinaba una gran tormenta. Entonces los cuatro Dragones empezaron a pulverizar el agua sobre la tierra.
Cuando habían vaciado sus bocas, volvían a llenarlas en el mar y subían al cielo otra vez. Y así lo hicieron una vez y otra, hasta que había caído una buena lluvia sobre la Tierra.
La gente salió de sus casas mirando hacia el cielo y gritando con alegría: - ¡Está lloviendo, está lloviendo! ¡Salvaremos la cosecha!
El agua cayó sobre la Tierra y los campos reverdecieron. La gente cantaba para agradecer al Dios del Cielo la lluvia y los niños bailaban y saltaban sobre los charcos de agua.
Cuando el Emperador Jade se dio cuenta que estaba lloviendo se puso furioso. ¿Cómo se habían atrevido a llevar lluvia a la Tierra sin su permiso? Ordenó que sus soldados fueran a buscar a los Cuatro Dragones y los trajeran ante él. Estaba dispuesto a castigarlos muy duramente por haberlo desobedecido.
Cuando los Dragones estuvieron en el Palacio Celestial, el Emperador Jade llamó al Dios de la Montaña y le ordenó que trajera cuatro montañas para encerrar a los Cuatro Dragones. El Dios de la Montaña trajo volando cuatro montañas y las colocó sobre los cuatro Dragones, que quedaron atrapados sin poder moverse.
Aún así, los Cuatro Dragones nunca se arrepintieron de lo que habían hecho, porque habían ayudado a gente que lo necesitaba.
Convencidos de querer hacer siempre buenas acciones para ayudar a los hombres, los Cuatro Dragones se convirtieron en cuatro ríos, que fluyeron a lo largo de altas montañas y profundos valles, cruzando la tierra y ofreciendo su agua a las gentes, para llegar finalmente al mar. Y de esta manera se formaron los cuatro grandes ríos de China el Heilongjian (el Dragón Negro) al norte, el Huang He (el Dragón Amarillo) en el centro; el Changjiang (Iang-Tsé o río Largo) al sur y el Xi Jiang (Perla) en el lejano sur.
Fuente: Casa Asia
Un día, los Cuatro Dragones salieron a la superficie del mar y decidieron ir a darse una vuelta por el cielo. Allí jugaron al escondite entre las nubes esponjosas, volaron y planearon, saltaron y rieron.
De repente, el Dragón Perla gritó: -¡Venid aquí, rápido!
-¿Qué ocurre? – preguntaron los otros tres, mirando hacia dónde señalaba el Dragón Perla. Sobre la tierra, vieron a mucha gente sacando frutas y tartas y quemando varitas de incienso. ¡Estaban rezando! Una mujer joven, arrodillada en el suelo con un niño delgado sobre la espalda, imploraba:
- Por favor, Dios del Cielo, envíanos lluvia rápido o no tendremos nada para comer….
No había llovido desde hacía mucho tiempo. Los cultivos se marchitaban, la hierba se volvía de color amarillo y los campos se secaban bajo el sol abrasador.
- ¡Pobre gente! ¡Qué pena me dan!- dijo muy triste el Dragón Amarillo.
- Si no llueve pronto, no tendrán nada para comer y morirán…- dijo el Dragón Negro.
Los Cuatro Dragones se quedaron muy pensativos buscando alguna solución para ayudar a la gente de la Tierra.
- ¿Y si fuéramos a ver al Emperador Jade y le pidiéramos que enviara lluvia a la Tierra? - propuso el Dragón Perla.
- ¡Muy buena idea! – contestó el Dragón Amarillo.
- ¡Sí! ¡Seguro que él podrá ayudar a esa pobre gente! – contestó el Dragón Negro.
Así que los cuatro Dragones se dispusieron a visitar al poderoso Emperador Jade, que vivía en el Palacio Celestial.
El Emperador Jade era muy poderoso, ya que se encargaba de los asuntos del Cielo, de la Tierra y del Mar. Los cuatro Dragones entraron corriendo en el Palacio Celestial. El problema que les traía era realmente urgente, pero al Emperador no le gustaron aquellas prisas, ya que estaba en un concierto de hadas.
- Qué estáis haciendo aquí, vosotros? – les preguntó enfadado. – ¿No deberíais estar en vuestro Mar?
El Dragón Largo se acercó al Emperador y le dijo: - Majestad, hemos venido a pedirle que envíe un poco de lluvia a la Tierra. Los cultivos en la Tierra se están secando por falta de lluvia y pronto las gentes no tendrán nada para comer.
- Está bien- dijo el Emperador Jade.- Iros tranquilos. Mañana enviaré la lluvia.- Y siguió escuchando tranquilamente las canciones de las hadas.
- ¡Muchas gracias Majestad! – contestaron felizmente los Cuatro Dragones.
Pero pasaron diez días y todavía no había caído una gota de agua sobre la Tierra. La gente pasaba hambre. Comían cortezas de árbol o raíces de plantas y cuando esto se acabó, comieron incluso arcilla.
Viendo esto, los Cuatro Dragones se sintieron muy mal y se dieron cuenta que el Emperador Jade sólo se preocupaba de pasárselo bien, sin tomar en serio los problemas de la gente. Sólo podían confiar en ellos mismos para ayudar a la gente de la Tierra. Pero, ¿cómo iban a hacerlo?
Mirando hacia el mar, el Dragón Negro dijo que había tenido una gran idea.
- ¿Qué es? Venga, rápido, ¡cuéntanoslo! – gritaron los otros tres Dragones.
- Mirad, ¿no veis que hay muchísima agua en el mar en el que vivimos? ¡Podríamos llenar nuestras bocas de agua y luego rociarla sobre la Tierra! ¡Sería como la lluvia!- explicó el Dragón Negro.
- Es una idea fantástica – dijo el Dragón Amarillo.
- Los campos se regarán y la gente podrá recoger las cosechas y no morirá de hambre! ¡Vamos chicos, no hay tiempo que perder!
- Esperad un momento- dijo el Dragón Perla muy pensativo.
- ¿Qué ocurre ahora? ¿No ves que tenemos prisa? – contestó el Dragón Largo. – ¡La gente de la Tierra está esperando la lluvia!
- ¿No habéis pensado que el Emperador Jade nos castigará si se da cuenta?
- A mi no me importa- contestó el Dragón Largo con determinación. –Haría lo que fuera para ayudar a esa gente.
- ¡Pues a mi tampoco me importa! – contestó el Dragón Perla.
El Dragón Amarillo y el Negro se miraron y dijeron a la vez: - ¡A nosotros tampoco!
- Entonces, ¡manos a la obra! ¡Pase lo que pase, nunca nos arrepentiremos de esto!- exclamó el Dragón Negro.
Así que volaron hacia el mar. Abrieron bien sus bocas y las llenaron de agua. Volvieron a alzar el vuelo y revolotearon por el cielo, produciendo viento. Sus alas taparon el sol y la gente miró al cielo creyendo que de verdad se avecinaba una gran tormenta. Entonces los cuatro Dragones empezaron a pulverizar el agua sobre la tierra.
Cuando habían vaciado sus bocas, volvían a llenarlas en el mar y subían al cielo otra vez. Y así lo hicieron una vez y otra, hasta que había caído una buena lluvia sobre la Tierra.
La gente salió de sus casas mirando hacia el cielo y gritando con alegría: - ¡Está lloviendo, está lloviendo! ¡Salvaremos la cosecha!
El agua cayó sobre la Tierra y los campos reverdecieron. La gente cantaba para agradecer al Dios del Cielo la lluvia y los niños bailaban y saltaban sobre los charcos de agua.
Cuando el Emperador Jade se dio cuenta que estaba lloviendo se puso furioso. ¿Cómo se habían atrevido a llevar lluvia a la Tierra sin su permiso? Ordenó que sus soldados fueran a buscar a los Cuatro Dragones y los trajeran ante él. Estaba dispuesto a castigarlos muy duramente por haberlo desobedecido.
Cuando los Dragones estuvieron en el Palacio Celestial, el Emperador Jade llamó al Dios de la Montaña y le ordenó que trajera cuatro montañas para encerrar a los Cuatro Dragones. El Dios de la Montaña trajo volando cuatro montañas y las colocó sobre los cuatro Dragones, que quedaron atrapados sin poder moverse.
Aún así, los Cuatro Dragones nunca se arrepintieron de lo que habían hecho, porque habían ayudado a gente que lo necesitaba.
Convencidos de querer hacer siempre buenas acciones para ayudar a los hombres, los Cuatro Dragones se convirtieron en cuatro ríos, que fluyeron a lo largo de altas montañas y profundos valles, cruzando la tierra y ofreciendo su agua a las gentes, para llegar finalmente al mar. Y de esta manera se formaron los cuatro grandes ríos de China el Heilongjian (el Dragón Negro) al norte, el Huang He (el Dragón Amarillo) en el centro; el Changjiang (Iang-Tsé o río Largo) al sur y el Xi Jiang (Perla) en el lejano sur.
Fuente: Casa Asia
sábado, 14 de agosto de 2010
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