¿Qué pasa cuando el buen y el mal gusto se
confunden en la falsificación de la alta costura? Luis Gispert documenta
con sus fotografías la “bastardización” de las grandes firmas en manos
de riquezas de dudoso origen.
La falsificación es una práctica que
trasciende por mucho las definiciones legales o sociales que la hacen
ver como un delito o una falta ética. Detrás de la falsificación existe
una compleja red de conceptos y posturas ideológicas que tienen su razón
de ser en al menos una situación efectiva: quien falsifica un producto,
obedeciendo a la demanda del mercado, resuelve la contradicción interna
de alguien que desea tener algo que sin embargo no puede conseguir, casi siempre porque no puede pagar por ello.
Este es el caso de la ropa y otros
accesorios personales que comúnmente se falsifican y se ponen a
disposición de las miles de millones de personas que quieren vestir como
las celebridades que ven en las revistas y la televisión, que desean
presumir un bolso de diseñador o un reloj de marca prestigiosa, pero
cuyo apretado presupuesto no alcanza para costear alguna de estas
mercancías. Pero ahí está la falsificación para saciar esa necesidad
(¿auténtica o también falsificada?). Gracias a quienes copian y replican
los diseños de las grandes firmas, es posible tener no uno, sino varios
bolsos o relojes o trajes enteros de marcas reconocibles.
Sin embargo, ¿qué pasa cuando esta
tendencia se lleva hasta la exageración y comienza a saturarse la
existencia de personas comunes y corrientes por la falsa opulencia de
productos pretendidamente originales? Es difícil decirlo, pero pareciera
que el valor de estas mercancías se trastoca e inicia una
transformación hacia lo desconocido. A medio camino entre la sobriedad
del “buen gusto” y la desproporción del “mal gusto”, se crea un estado
intermedio en el que los conceptos se confunden y ya no es posible
distinguir al rico del pobre, al original del falso, a la mercancía del
comprador.
Las fotografías que acompañan esta nota
son obra del artista estadounidense Luis Gispert, quien comenzó la serie
hace un par de años, cuando la policía de Nueva York desarmó una red de
falsificadores asentados en la ciudad. Del material incautado hubo una
pieza que llamó poderosamente la atención de Gispert: un Cadillac
Escalade completamente tapizado con una tela cuyo diseño imitaba uno
ideado entre Takashi Murakami y Louis Vuitton en 2009. Gispert, que
entonces se encontraba fotografiando interiores de autos por otro
proyecto, inmediatamente pensó que habría otros objetos similares,
falsificaciones de diseñadores famosos utilizadas en contextos
totalmente diferentes a los de su intención original pero igual de
desmedidos.
Su “búsqueda obsesiva” no resultó para
nada infructuosa. De hecho las imágenes conseguidas sorprenden por su
extravagante y de algún modo indescifrable opulencia. Una cultura
subterránea en la que el dinero intenta adquirir esa aura de prestigio
que, según pensamos, acompaña a los productos de precios exorbitantes.
Esta “ansiedad de clase”, como la llama
Gispert, empuja a ciertas personas a identificarse desesperadamente con
una marca, en el supuesto de que “las marcas de diseñador denotan
riqueza y una cierta clase a la que esta gente quisiera pertenecer”.
Sin embargo, el artista es capaz de ver
más allá de los prejuicios de clase y encontrar otro significado en
estas prácticas. Ligándola al asunto de la falsificación, Gispert nota
que no se trata de una conducta tan simple como las explicaciones
consabidas podrían hacerla ver. “Estas personas se apropian del
material, de los logos y los tejidos, pero no intentan imitar la alta
costura. En cierto sentido secuestran los signos de la opulencia,
bastardizan las marcas y las convierten en algo completamente único”,
dice el fotógrafo; y concluye: “Parece que es uno de esos momentos en
que lo alto y lo bajo se encuentran en lo medio”.
Curiosamente Gispert tituló este proyecto Decepción
(en español), un vocablo que en todos los posibles casos en que se
aplique conlleva una sensación de vacío, de desproporción entre el deseo
y la realidad, entre la falsa idea que nos hacemos de algo o alguien y
la constatación de sus verdaderas propiedades.
Decepción se exhibe hasta el 22 de octubre en la Galería Mary Boone de Nueva York, 745 de la Quinta Avenida.
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